JÉSICA TRABAJA EN UNA PLAZA DE CÚCUTA PARA HUIR DEL HAMBRE DE VENEZUELA

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Se fue a Colombia, desde Mérida Venezuela, trabaja en una plaza vendiendo chucherías días completos y noches continúas, pero aún así dice que no regresará, aunque sus amores están allá y es donde quisiera estar

Judith Valderrama

sunoticia.com

Jésica Rondón, tomó sus termos y unas vasijas y huyó del hambre en Venezuela. Tenía que ayudar a la sobrevivencia de su familia en Mérida. Allá dejó una niña de 13 años de edad, a su mamá y quedó su abuela de 98 años de edad.

Ahora vive en Cúcuta, Colombia, y trabaja de sol a sol.

«Para adelante. En realidad me vine por la escasez que se encuentra allá. Llegué a Venezuela porque vivía en el extranjero. No se conseguía trabajo y nada y me puse a vender café porque allá no había nada qué hacer. A mi familia los ayudo enviándoles comida, porque dinero me cuesta más para poder sobrevivir aquí donde pago arriendo, aparte la comida, los gastos. Trato de ayudarlos lo poco que puedo, porque a mi hija la tiene mi mamá, pero mi hermano tiene a mi abuela».

Frente al popular Centro Comercial Ventura de Cúcuta, ciudad fronteriza con Venezuela, Jésica Rondón vende caramelos, cigarros, refrescos y algunas golosinas que dispone cada mañana sobre una pequeña mesa.

Los fines de semana, en las noches, mueve su pequeño stand para el frente de una discoteca donde amanece vendiendo sus chucherías, como le llama a sus productos.

«Mi comadre me ayudó mucho con mi hija en Venezuela. Mi hija vive en Venezuela y estudia segundo año. La tenía conmigo, pero no la pude dejar aquí, porque buscarle una escuela, empezar desde cero, ir a sacarle los papeles allá·.

En Colombia paga alquiler en una casa donde viven 10 venezolanos, no tiene una habitación propia sino espacios  donde van sus pocas propiedades, que nos son más que algo de ropa y unas cajas donde guarda su mercancía, en el caso de Jésica Rondón, quien duerme  en un colchón sobre el piso. Así como ella, viven los demás y pagan una cuota diaria por el hospedaje.

«Hay cosas buenas y cosas malas como todo, pero no me puedo quejar, porque lo poco que tengo lo he logrado es aquí, me han ofrecido una ayuda como tal», relata la venezolana, quien forma parte de la gran diáspora de su país, que suma  1 millón 102 personas en Colombia, según informara al cierre del año 2018 Christian Krüger Sarmiento, director de   Migración de Colombia.

Para Rondón, la vida no es sencilla en  Colombia, Su puesto informal de productos es ilegal, cuando llega la autoridad debe huir del espacio público que ocupa.

«Hay que respetar las normas de  Colombia, cuando ellos vienen (la autoridad) uno se tiene que retirar, pero gracias a Dios me puedo poner aquí y uno se ayuda con eso».

Asegura que en Venezuela muchos creen que quienes están fuera están bien y tienen dinero, pero asegura que no es así,  deben trabajar muy duro y  tener un empleo no es suficiente, «a veces nos tratan bien, a veces no».

En Venezuela está su corazón

Jésica no piensa volver a Venezuela muy pronto, está en una incertidumbre permanente entre lo que siente su corazón y lo que le corresponde hacer para seguir sobreviviendo, «por una parte si quiero ir, está mi familia como tal,  está mi hija, allá nací y allá quiero estar. Pero por otra parte, quiero estar aquí afuera, porqué de qué vale que esté allá sino alcanza, no sirve. Prefiero estar de este lado.

«No estoy aquí porque quiera estar, son cosas que pasan, estoy aquí porque quiero ayudar a mi familia en lo que pueda».

No en todos los casos -dice- es bien tratada, hay momentos muy difíciles en su peregrinar después que salió de su país. Para esta mujer luchadora, la calle donde trabaja no es motivo para ser humillada, se sustenta con esa labor  honradamente.

«Maduro se come una langosta si quiere, por eso no le importa»

La ayuda humanitaria sería excelente, dice, pero critica que quien dirige Venezuela no quiere nada con esa ayuda, y razona que es porque él no necesita nada de eso.

«A él  no le importa, él tiene su comida, él se come una langosta si quiere, se come un kilo de carne relajado. Él entra y sale de su casa como quiere, él no tiene que pagar pasaje.  Él no tiene que ir a pedir un kilo de harina donde no lo hay, son cosas que se ven. ¿Entonces una ayuda? pero él no quiere dejarse ayudar porque el ego que tiene no lo deja, no me parece justo».

 

 

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